Roberta Chávez: «La migración es un proceso difícil, incluso cuando parece elegida»
Roberta Chávez, cineasta de origen boliviana, presenta «El otro lugar», un cortometraje íntimo y punzante sobre la migración, las expectativas familiares y la distancia emocional que atraviesa las relaciones humanas. En esta conversación, Roberta comparte cómo su experiencia personal se funde con su mirada cinematográfica para dar vida a una historia universal desde una sensibilidad profundamente latinoamericana
R.P.- ¿Cómo nace la idea de «El otro lugar»?
R.C.– «El otro lugar» surge de una necesidad muy personal de explorar lo que significa migrar y cómo eso afecta nuestras relaciones familiares. La historia sigue a Lina, una joven que emigra desde China buscando una nueva vida. Recibe una llamada de su hermano pequeño, preocupado porque su padre no ha regresado a casa. A partir de ahí, la película reflexiona sobre las tensiones entre la libertad individual y las responsabilidades familiares que muchas veces heredamos sin darnos cuenta cuando migramos.
«Migrar no es solo un cambio de lugar, es una transformación identitaria que no siempre se elige de forma completamente consciente»
R.P.- Tu corto pone el foco en una distancia que va más allá de lo físico. ¿Qué querías mostrar al respecto?
R.C.- Exacto. Hay una distancia física evidente —la de cambiar de país, idioma, cultura—, pero lo que más me interesaba era representar la distancia emocional, la que se instala incluso cuando seguimos en contacto. Cuando alguien emigra, se reconfigura el diálogo con la familia: cambian los códigos, se crean nuevas brechas. Me parecía importante hablar de eso desde un lugar íntimo y poético, y sobre todo, desde la perspectiva del hijo o hija migrante, que a menudo asume un rol que tradicionalmente no le corresponde.
R.P.- En Latinoamérica ha habido generaciones de madres migrantes, pero aquí cuentas otra historia. ¿Por qué has elegido ese enfoque?
R.C.- Porque me di cuenta de que hay una narrativa menos explorada: la del hijo o la hija que migra y asume el peso de esa decisión tan joven. Es una inversión de roles, casi una subversión del modelo familiar. Muchos jóvenes migran siendo menores de edad o con apenas la mayoría de edad, como fue mi caso. Migrar no es solo un cambio de lugar, es una transformación identitaria muy profunda, que no siempre se elige de forma completamente consciente.
R.P.- ¿Cómo viviste tú esa migración?
R.C.- Yo migré a los 18 años recién cumplidos, y en ese momento no tenía claro todo lo que eso implicaba. Con el tiempo entendí que esa decisión había cambiado mi vida entera. Me costó darme cuenta de que probablemente no volveré a vivir en Bolivia. Y ahí empieza una serie de preguntas sobre quién eres, desde dónde cuentas tus historias, cómo te representas a ti misma. Como cineasta, me siento atravesada por mi cultura boliviana, pero también frustrada a veces, porque intento representarla desde un contexto completamente diferente. Es un diálogo constante conmigo misma.
«Lo que está pasando en Estados Unidos, me asusta mucho. Siento que hay un retroceso enorme en derechos y comprensión»
R.P.- ¿Cómo ves actualmente el fenómeno de la migración? ¿Crees que hay caminos para mejorar la situación desde lo político?
R.C.- Es complicado. El mundo está muy globalizado y hay cada vez más familias que viven repartidas por distintos países. A veces se las llama familias transnacionales, pero muchas de esas personas no se reconocen como migrantes, quizás por el estigma que aún conlleva esa palabra. La migración es siempre un proceso difícil, incluso cuando parece elegida. Falta mucha empatía. Lo que está pasando, por ejemplo, en Estados Unidos, me asusta mucho. Siento que hay un retroceso enorme en derechos y comprensión. ¿Qué pueden hacer los gobiernos? No tengo la respuesta, pero sí creo que necesitamos más historias, más cine, más arte que genere empatía y visibilice lo que significa moverse del lugar al que pertenecías.
R.P.- ¿Y qué lugar ocupa el cine en todo esto?
Para mí, el cine es un puente. Me permite dialogar con mi identidad, con mis raíces, pero también con otras personas que están viviendo lo mismo desde contextos distintos. Es una herramienta muy poderosa para generar reflexión, para abrir conversaciones incómodas, para sanar también. «El otro lugar» es solo el comienzo de un camino que seguramente seguiré recorriendo en futuras películas.