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Alex Camilleri: “El cine puede ayudarnos a redescubrir la belleza de nuestras raíces”

El director maltés Alex Camilleri presenta una película que habla del regreso al origen, la memoria familiar y la fuerza de las tradiciones. A través del viaje de Mar y su encuentro con Nenu, el cineasta reflexiona sobre la identidad, el arraigo y la importancia de escuchar aquello que permanece vivo en la tierra, la música y las personas mayores

R.P.- Zejtune habla de Mar, una mujer que quiere marcharse de Malta, pero que poco a poco vuelve a mirar su tierra de otra manera. ¿Qué le interesaba contar sobre ese deseo de irse y, al mismo tiempo, sobre esa fuerza que nos ata al lugar de origen?

A.C.- Mar me parece muy representativa de muchos jóvenes que tienen que decidir si su propio país puede ser realmente su hogar. Malta es un lugar del que muchas personas se han ido, pero también un lugar al que muchas han regresado. Parece que ese es siempre nuestro destino: marcharnos y volver.

Mi propia familia forma parte de esa historia. Mis padres se fueron justo antes de que yo naciera, así que crecí en Estados Unidos. Ahora me he visto atraído de nuevo por el país de mi familia y llevo cinco años viviendo en Malta. Creo que las preguntas sobre el hogar son, en realidad, preguntas sobre la pertenencia: dónde te sientes en casa, dónde sientes que puedes ser tú mismo.

Lo que quería explorar en el personaje de Mar es esa hermosa ironía por la cual descubre partes de sí misma que no conocía, no viajando muy lejos, sino explorando aspectos de su propio país y de su propia cultura que, de algún modo, no había sabido ver. Suelo decir que un lugar es tan pequeño como uno lo imagine. Malta parece pequeña y, en muchos sentidos, realmente lo es; pero para esta película quise imaginar que podía ser mucho más grande. Cuando uno profundiza, encuentra más y más cosas por descubrir. Creo que todo está ahí: depende de aquello a lo que decidimos prestar atención.

R.P.- La película plantea una pregunta muy humana: ¿de dónde somos realmente? ¿Del lugar donde nacemos, del lugar que dejamos atrás o del lugar al que sentimos que pertenecemos?

A.C.- Espero hacer películas que planteen estas preguntas y que ayuden a las personas a empezar a formularlas en sus propias vidas. Es una pregunta enorme y sería muy difícil responderla de manera definitiva. En Malta, por ejemplo, se suele decir que hay más malteses fuera del país que dentro. Haber crecido como una de esas personas te hace pensar mucho en ello. ¿Es posible ser maltés sin la tierra misma? ¿Necesitas el país para definir esa identidad? ¿Y si algún día el país desapareciera? ¿Cómo definirías entonces lo maltés?

Hay una gran comunidad maltesa en Australia y, a menudo, se observa que parecen ser incluso más malteses allí que en la propia Malta. Es una cuestión muy curiosa. No tengo una respuesta cerrada, pero sí creo que merece ser explorada. Además, como señalas, puede relacionarse con muchas personas que se encuentran alejadas de su hogar, ya sea por una distancia pequeña o enorme.

¿Cómo puedes ser plenamente tú mismo? ¿Tiene que ver con una conexión con la tierra? Y si no es eso, ¿entonces qué es? En mi vida pongo mucho énfasis en las conexiones humanas. Para mí, las personas definen un lugar; las personas son lo más importante.

R.P.- Mar hereda unas tierras que inicialmente quiere vender. ¿Qué simboliza para usted ese territorio: una carga familiar, una memoria pendiente o una forma de identidad?

A.C.- Creo que quizá representa todo eso y más. El viaje de Mar refleja cosas que yo mismo experimenté al regresar al país que mis padres habían dejado. Constantemente voy encontrando rastros de mi propia historia familiar y, gracias a esas pistas que quedaron atrás, aprendo más sobre mí mismo. Siempre me encuentro con personas que recuerdan a mis padres o a mis abuelos, y escucho historias sobre mi propia familia que jamás habría conocido en Estados Unidos, porque allí no teníamos esa historia.

El viaje de Mar, en la superficie, tiene algo de road movie clásica, pero también quise entenderlo como un viaje a través del tiempo. Ella se adentra en la historia de su propia familia, y eso abre una historia más amplia: la exploración de la historia del país y de las formas en que, especialmente durante el siglo XX, Malta sufrió distintas divisiones culturales.

Todavía estamos intentando descubrir quiénes somos. La película me dio una forma de contar eso desde un plano personal: una joven que se encuentra con esos recuerdos y esa herencia, y que empieza a verse dentro de un contexto más amplio. Irónicamente, eso crea un vínculo más fuerte con el lugar que ella desea abandonar.

R.P.- El encuentro entre Mar y Nenu transforma la mirada de la protagonista. ¿Qué representa Nenu dentro de la historia: la tradición, la memoria viva o una forma de resistencia cultural?

A.C.- Lo que me encanta de esta música maltesa, y lo que ofrece al personaje de Mar, es algo que resulta a la vez familiar y desconocido. Para mí, Mar no cambia tanto, pero la música le permite convertirse en quien siempre ha sido. Le ofrece un canal para expresarse con más verdad. De nuevo, ella no tiene que viajar muy lejos para encontrar ese nuevo modo de expresarse. Nenu es quien la ayuda a encontrar ese canal y permite que su voz salga. Por eso los personajes están tan unidos. Comparten algo muy profundo, aunque pertenezcan a generaciones diferentes, a lugares distintos de Malta y sean un hombre y una mujer.

Ambos han tenido que enfrentarse a preguntas sobre la pertenencia. Nenu también se fue y regresó, y ofrece cierta sabiduría sobre los límites de abandonar el país, sobre el éxodo.

Una de las razones por las que siento que el público está respondiendo a la película es porque ese intercambio intergeneracional es muy valioso. Conectarse con alguien de otra generación es una experiencia muy rica. Pienso en los años que viví en Nueva York durante mis veinte: casi todas las personas que conocía tenían también veintitantos. Es una forma extraña de vivir, porque cuando uno crece necesita tener cerca a personas mayores, personas que puedan ofrecer una perspectiva que viene con la edad y con la experiencia.

 

«Las preguntas sobre el hogar son, en realidad, preguntas sobre la pertenencia: dónde te sientes en casa, dónde sientes que puedes ser tú mismo»

 

R.P.- El canto popular maltés está reconocido por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial. ¿Qué responsabilidad sintió al llevar esta tradición al cine sin convertirla en una postal folclórica?

A.C.- Con esta película, y también con mi primera película, ambas realizadas en Malta, partí del deseo de compartir un retrato más profundo de la cultura y de ayudar a la gente a ver aquello que nunca vería si visitara el país como turista. En esta película mi atención estaba puesta, por supuesto, en la música, pero también en el hecho de que el viaje de los personajes recorre el interior rural del país. Si visitas Malta, probablemente pases muchos días en la playa. Para mí, el arte del país está en ese lado que un visitante no ve: el campo, el interior de las casas, los espacios donde esta música se interpreta lejos de la mirada pública.

Quería llevar al público hacia lo profundo de la cultura, no desde una mirada turística. Al mismo tiempo, esta música tradicional, vista en su forma real, puede resultar difícil de apreciar: por el idioma, por los códigos internos y porque ha sido protegida por su propia comunidad. Una canción puede durar cinco minutos y su sentido depende mucho de lo que un cantante le responde a otro, de su historia personal y de un conocimiento compartido.

Por eso dije a mi equipo que teníamos que intervenir: mostrarla quizá no exactamente como existe en su forma pura en Malta, sino como podría existir. Para que el público se preocupara por la música, primero tenía que preocuparse por los personajes.  Estoy muy orgulloso de cómo la hemos retratado en pantalla. En Malta ha abierto los ojos de muchas personas hacia su propia música y ha despertado un gran interés por ella. No sentí que mi primera responsabilidad fuera hacer un documental sobre la música, aunque toda película termina siendo, de alguna manera, un documento de un tiempo y un lugar. Creo que la música que mostramos es hermosa, honesta y especialmente valiosa porque nace de Nenu, un no actor, y de su manera de interpretar cómo debe cantarse.

R.P.- En la película hay una tensión entre marcharse para buscar una vida mejor y quedarse para no perder lo propio. ¿Cree que esa tensión pertenece solo a Malta o es una experiencia universal?

A.C.- Cuando cuentas una historia, tienes que hacerla muy específica. Al principio yo pensaba solo en Malta y en la situación de los jóvenes malteses hoy. Hay mucha insatisfacción entre la juventud en Malta; creo que estamos entre los países europeos donde los jóvenes se sienten menos optimistas sobre su futuro en su propio país.

Pero, a medida que desarrollaba la historia, empecé a ver que lo que estaba describiendo en Malta era, por supuesto, universal. Estas preguntas aparecen a diferentes escalas según el lugar. Quizá no sientas que debes dejar tu país, pero sí el pueblo donde creciste, o tal vez simplemente estés intentando irte de la casa familiar. Todo eso toca la misma búsqueda: convertirnos en nosotros mismos y enfrentarnos a la posibilidad de que no estemos en el lugar que necesitamos.

En el caso de Mar, tiene mucho sentido porque Malta es muy pequeña. Para muchos malteses la pregunta surge casi automáticamente: ¿voy a quedarme en mi país? Pero hay otros lugares del mundo donde las personas se enfrentan a la misma cuestión. Por eso cada generación volverá a preguntarse: ¿puedo vivir la vida que quiero en mi propio país? ¿Y cuáles son los costes si me marcho?

R.P.- Nenu, el cantante popular, debuta en la película. ¿Qué encontró en él que ningún actor profesional podría aportar al personaje?

A.C.- Esta película no existiría sin él. Pasé un año y medio desarrollando el guion antes de encontrar a Nenu. Durante meses me di cuenta de que tenía una buena idea para una película, pero que, si no encontraba a esta persona, sería imposible hacerla. Fue un momento muy difícil: entender que quizá tendría que tirar por la borda un año y medio de trabajo y seguir adelante.

En Malta quedan pocos practicantes de este canto popular. Observé a varios, conocí a algunos e incluso probé poner a algunos frente a la cámara, pero ninguno funcionaba para la película. El proyecto estaba a punto de descartarse cuando, en el último momento, decidí buscar una vez más. Entonces empezamos a escuchar rumores sobre un hombre llamado Nenu, recordado como uno de los grandes cantantes, aunque hacía años que nadie lo veía actuar. Algunas personas ni siquiera sabían si seguía vivo. Por suerte descubrí que sí lo estaba y organicé un encuentro, aunque tenía expectativas muy bajas.

Fui a su pueblo para tomar un café con él. Mientras buscaba aparcamiento, pasé junto a un banco en la calle y vi a un hombre mayor sentado allí. Tenía un aspecto increíble: el pelo blanco, peinado como Elvis, y una chaqueta de cuero. Pensé: “No sé quién será el hombre al que voy a conocer, pero si tiene una fracción del carisma de este señor del banco, tal vez haya una posibilidad para la película”. Aparqué, entré al café y, para mi sorpresa, el hombre del banco era Nenu.

No solo tenía una presencia extraordinaria: también tenía un espíritu increíble. Entonces pensé que quizá sí había una posibilidad para la película. Parecía lo suficientemente loco, con 80 años, como para embarcarse conmigo en un viaje de tres años. Y eso fue lo que hicimos.

Alex Camilleri, director de Zejtune, largometraje a competición en la sección oficial del Festival.
Foto D. García-Sala.

R.P.- En tiempos de globalización, migraciones y pérdida de vínculos con el territorio, ¿Qué puede aportar el cine para preservar la memoria cultural sin caer en la nostalgia?

A.C.- Para mí, el cine es la solución. En Malta tenemos muchos problemas y siento que, si hubiéramos hecho más películas y tuviéramos una historia cinematográfica más larga, eso nos habría ayudado. Con mucha humildad, espero estar participando de alguna manera en esa solución.

En mis dos películas he retratado aspectos de la cultura tradicional maltesa, pero siempre he querido encontrar una forma de hacerlos contemporáneos, de que esas tradiciones sigan siendo relevantes y estén vivas. Para mí era importante que esta historia tratara sobre una persona joven que no aprecia la música popular como una pieza de museo, sino que se convierte en una encarnación de esa música. La música vuelve a estar viva a través de ella, porque va a cantar de una manera en que nadie ha cantado antes en Malta. Sus experiencias como mujer joven hacen que la música vuelva a vivir.

No se trata de tratar la cultura como algo atrapado en el pasado, sino de encontrar la manera de que vuelva a cobrar vida. El cine es hermoso porque, como decíamos antes, tiene algo documental: captura algo para siempre. Pero al mismo tiempo lo agranda, lo hace trascender la realidad y nos ayuda a soñar, a imaginar nuevas posibilidades. Con esta película quería encontrar esperanza en Malta. El viaje de Mar es también un proceso de descubrimiento de la belleza de su propio país, una belleza que ella no veía antes. A través del cine invito al público a verla también. Para mí, el interior del país es la parte más hermosa de Malta, y por eso quise dirigir allí mi mirada.

R.P.- La película habla de identidad, pero también de escucha: escuchar a los mayores, a la tierra, a la música y a la memoria. ¿Cree que hoy necesitamos aprender a escuchar más a nuestras tradiciones?

A.C.- Sin duda. Hay un momento muy hermoso en la película en el que Nenu parece verter su voz en el corazón de Mar: le sostiene la cabeza con mucha delicadeza y le susurra al oído. Esa imagen tiene mucho que ver con la transmisión de una persona a otra (señala la imagen de su film).

Cuando los personajes se conocen, como ocurre en muchas relaciones clásicas del cine, especialmente en la comedia romántica, parece que no van a entenderse. No se escuchan o escuchan solo lo que quieren oír. Él usa palabras que a ella no le gustan, ella le dice que no puede decir eso, y él le responde que no lo está escuchando. Tienen una pequeña discusión.

Afortunadamente, empiezan a escucharse. Creo que escuchar es lo primero y lo más importante para que ella pueda hablar. Esa imagen de la voz transmitiéndose al oído me da esperanza al final de la película. Mi primera película tenía una conclusión más trágica sobre una tradición que no podía sobrevivir a la modernidad: hablaba del mundo de la pesca tradicional, vulnerable por la economía y la globalización. Esta película, en cambio, habla de música y de arte, y creo que esas cosas son infinitamente transmisibles mientras existan dos personas: una que escucha y otra que habla. Así la tradición puede continuar hacia el futuro, porque vive dentro de nosotros.

 

«No se trata de tratar la cultura como algo atrapado en el pasado, sino de encontrar la manera de que vuelva a cobrar vida»

 

R.P.- ¿Qué significa para usted resistirse a abandonar el origen? ¿Es una decisión física, emocional o cultural?

A.C.- Pienso mucho en mi propia familia. Mis padres querían dar a sus hijos oportunidades que ellos no habían tenido en Malta. Querían que tuviéramos una vida mejor, que fuéramos más libres para elegir otro destino, y por eso se fueron a Estados Unidos. No creo que me hubiera convertido en cineasta si no hubieran tomado esa decisión. Seguramente no habría tenido las mismas oportunidades si me hubiera quedado en Malta.

Pero, al mismo tiempo que me convertí en cineasta, me sentí atraído de vuelta a Malta para contar historias sobre el lugar que ellos estaban tan decididos a dejar. Ellos se fueron en un momento histórico muy distinto, de problemas políticos y económicos en el país. Esos días han quedado en un segundo plano, pero todavía existen desafíos para quienes viven en un país pequeño.

Me interesa explorar esa pregunta: ¿puedo permanecer en este lugar? ¿Cuál es el coste de abandonar el lugar del que vengo? Y si me voy, ¿me llevo conmigo a la misma persona? ¿Podemos cambiar realmente?

En la película aparece brevemente la imagen de las marcas circulares que dejan los coches cuando algunos jóvenes hacen girar el vehículo. Un amigo mío en Malta, el fotógrafo Inigo Taylor, tomó una foto de esas marcas y yo quise llevar esa imagen a la película porque decía algo enorme sobre Malta: todos estamos en una especie de viaje circular. Estamos dando vueltas hasta encontrarnos con nosotros mismos.

Cuando escribía el guion me gustaba la idea de una road movie, pero en una escala tan pequeña que no podía parecerse a una road movie estadounidense, donde conduces hacia el oeste en busca de tu destino. En Malta no hay frontera. Creo que lo máximo que puedes hacer es seguir conduciendo en círculos hasta encontrarte contigo mismo.

R.P.- Después de esta película, ¿siente que aún quedan muchas historias por contar sobre Malta, sobre su gente, sus oficios, su música y sus memorias invisibles?

Sí, sin duda. Apenas estamos rascando la superficie. Somos una cultura que, tristemente, ha sido muy poco explorada en la pantalla. Hay muy pocas películas nacionales maltesas. Imagínate si apenas se hubieran hecho películas españolas: ¿por dónde empezarías?

Para mí, la decisión más difícil es elegir qué historia contar, cuál se siente más urgente, cuál tiene más fuerza y me da una razón suficientemente poderosa para comprometerme durante tres, cuatro o cinco años. Espero poder seguir haciendo estas películas mientras me sea posible, pero ya me entristece pensar en todas las historias que no podré contar. No hay vida suficiente para hacer todo lo que creo que necesita hacerse en Malta.

Aun así, confío en que habrá más narradores que continúen esta exploración tan necesaria de nuestra cultura. Como dije, creo que el cine es la solución. Me siento muy afortunado de tener, en muchos sentidos, una primera oportunidad para abordar muchos de estos temas.

Lorena Ávila

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